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Por, sdfasd 04/02/2022

La feria, esa mezcla de ruidos, olores y color para la que no hay edad

En verano leemos más: tenemos tiempo para todas esas lecturas que se nos amontonan en la mesilla durante el resto del año.

Yo soy (y esto es algo totalmente tribal como lo del Cola-Cao o el Nesquik o lo de subrayar los libros o dejarlos impolutos), de leer varios libros a la vez y salto de unos a otros dependiendo del estado de ánimo. Me fui de vacaciones a mi retiro del norte con un libraco gordo en la maleta regresé con dos más: uno infantil sobre dónde van las palabras cuando se olvidan y el de Feria, de Ana Iris Simón.

Y menos mal que no cabían más en la maleta porque en aquella librería de ese pueblo maravilloso de verano me lo habría comprado todo. ¿No os pasa? Creo que tiene que ver con el olor de las librerías que incita a comprar, ese aroma similar al de los estuches y de las cajas de lápices Alpino que estrenábamos cuando arrancaba el cole…

Pero volvamos a la feria que Simón ha conseguido revivir en mi memoria gracias a su novela: siempre he tenido sentimientos encontrados con respecto a la feria. Mis primeras ferias fueron en Extremadura, en junio, cuando llegaban los feriantes a la ciudad donde vivía. Al ferial, que en un principio estuvo céntrico, cerca de donde vivían mis padres y después se desplazó a las afueras, había que ir cuando ya llegaba la noche porque atreverse a ir a las cinco de la tarde era lipotimia asegurada. Además que no había nadie, ni siquiera los feriantes, que a buen seguro dormitaban a esas horas.

Al ferial se iba a someter a los sentidos a todo tipo de vejaciones: la feria era ruido, mucho, una algarabía que iba in crescendo según pasaban las horas, entre los gritos de los señores de las tómbolas que anunciaban los perritos piloto, las sirenas de inicio y final de las atracciones (los “cacharritos” que se decía en mi tierra) y la canción que sonaba a tope en ese otro lado que si aguzabas el oído bien podías identificar como un título de Camela.

La feria también era olor, uno que invadía la pituitaria y que impregnaba toda tu ropa: a polvo y a fritanga: churros, patatas fritas, salchipapas, brochetas, algodones dulces y garrapiñadas. A mí me fascinaba el del puesto del coco, que conseguía mantener los trozos frescos y libres de polvo vete tú a saber cómo…

Y, finalmente, la feria era sobre todo color, luces, brilli brilli, ya fuera por los trajes que muchas mujeres de mi pueblo se ponían para ir al ferial (con unos taconazos imposibles de llevar en aquel suelo de tierra), o por las luces de las atracciones.

No me gustaba la noria ni nada que se despegase mucho del suelo, siempre fui una cagueta y no entendía cómo a mis amigas les podía gustar subirse a la montaña rusa o al barco pirata. Lo mío era el Gusano Loco, que si te subías con el chico que te gustaba el momento en que se tapaba con la lona era el idóneo para un acercamiento en toda regla, y por supuesto, los coches chocones que es como se llama en Extremadura a los coches de choque.

Yo en los coches chocones me crecía y me salía la macarra al volante que llevo dentro: es más, no hace muchos años, en ese pueblo del norte del que os hablaba al principio, me subí con mi amiga Chelo en los coches chocones de la feria. A ella al principio le daba mucha vergüenza (que si la iban a reconocer, que si ya no tenía edad, que claro, a mí no me conocía nadie), pero se le olvidó a los cinco minutos, en cuanto chocamos con dos o tres. Por supuesto conducía yo, e increpaba a los otros conductores, sobre todo si eran hombres, diciéndoles que qué mancos eran. Compramos varias fichas porque no queríamos bajarnos. Lo que nos reímos.

Las ferias no tienen edad y cuando uno empieza a decirse que no tiene edad para tal o cual cosa, malo. No dejéis nunca que nadie os diga que no tenéis edad para haceros unas mechas azules, para compraros una carcasa de móvil ridícula o para subiros a los coches chocones.

En Torrevieja, población que bien se merece un post para ella sola, hay una feria permanente. Eso parece un oxímoron, ¿verdad? Porque uno se imagina a los feriantes como nómadas, de un lado para otro, sin más posesiones que las que caben en su furgoneta (de todo esto y otras cosas habla Simón en su libro). Pues los feriantes de Torrevieja ya no deambulan de un lado para otro: será el capitalismo o vaya usted a saber qué, pero ellos se han instalado allí, cerca del paseo marítimo, y allí están todo el año, al menos yo me los he encontrado siempre que he ido y en diferentes épocas aunque siempre parezca la misma: verano. Esta ciudad, cuyos apartamentos eran el reclamo estrella en el famoso programa 'Un, Dos, Tres' de los años 80, parece sumida en un eterno verano lo que explica que muchos británicos se jubilen allí: mucho sol, cerveza y comida baratas y pocas preocupaciones. Y una feria, ojo.

Hace unos años llevé a mi peque a la feria de Torrevieja: había menos fritanga que en la de mi infancia, pero seguía el ruido y la anarquía visual. Intentamos pescar patitos (qué divertimento), se subió en el scalextric y en el tiovivo y yo con ella. Mi primo, para quien la de Torrevieja ha sido la feria de sus vacaciones infantiles, nos llevó a la caseta donde se disparaba con carabina y te podías llevar un peluche.

La peque miraba con ojos desbocados ese techo de caseta repleto de peluches y muñecos de todo tipo y condición. Por supuesto, mi primo dio en la diana tres veces y teníamos derecho a premio. Nosotras queríamos llevarnos un elefante muy mono al que ya habíamos echado el ojo, pero la ferianta, la muy ladina, sacó una caja muy grande con una burda imitación de sirena Barbie. Que ni era sirena ni era Barbie. La caja era todo color, con mucha cosa, grande como ella sola. Si a mí me parecía grande imaginad a una niña de dos años. “¿A que quieres esta, bonita?”, decía la feriante mientras mi hija mayor y yo respondíamos muy nerviosas: “No, no, esa no”. La muñeca era fea como un demonio: se intuía un plástico malo y era de melena rala. Fea fea. Claro, la ferianta se la quería quitar de encima como fuese y no me extraña, yo seguramente habría seguido esa misma estrategia de venta.

No hubo nada que hacer, la pequeña dijo sí a la sirena fea. Era de tan mala calidad que el primer día que la metió en la bañera la muñeca se acabó de quedar calva. Y así fue como mi hija tuvo una sirena fea y calva, porque de todo tiene que haber en la feria y en la vida.