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Por, sdfasd 24/10/2022

Lo que queda del luto

“Es una cuestión cultural y tradicional, sí, pero cuando tengo que asistir al entierro de alguna persona próxima me visto de negro. No tengo ni que pensarlo, me sale solo, pero mi hija no sé si hará lo mismo”. María expresaba así su convicción de que niños y jóvenes han perdido prácticamente la referencia de lo que es el luto, o mejor dicho, de lo que era: cada vez es más frecuente asistir a un funeral y encontrar personas vestidas no ya de colores vivos, sino chillones y estampados como si fueran a una fiesta. Algo impensable hace unos años y que a algunos todavía les choca, aunque para los jóvenes lo que resulta verdaderamente chocante es ver a una persona vestida de negro años después de la muerte de un familiar cercano.

Exagerado, sin duda, pero también lo es la ocultación de la muerte que se hace en la actualidad. De hecho, todas las épocas han tenido sus formas de mostrar el luto, entendiendo la muerte como un hecho personal pero a la vez social que afecta no sólo a los más allegados. Begoña Elizalde, psicóloga experta en gestión del duelo, explica que el luto es “la ex­presión cultural del duelo”, con dos funciones básicas, una de cara a los demás, como es mostrar tu estado de ánimo, y otra hacia uno mismo, recordarnos el momento por el que estamos pasando. El duelo, explica, forma parte de los rituales de despedida que tienen y han tenido todas las sociedades, de los signos externos que indican a los demás cómo deben tratarnos en este proceso psicológico y personal de adaptación a la muerte de un ser querido. ¿Qué ha sucedido para que el luto prácticamente haya dejado de existir? “Nos hemos desritualizado como sociedad, pensamos que podemos vivir sin los ritos, cuando estos están en todas las sociedades. Entre el año vestidos de negro y los tres días y a trabajar en que ahora se resuelve la muerte hay un término medio”, explica Begoña Elizalde. La muerte, además, ya no forma parte de nuestra vida, la hemos alejado como a todas las “cosas feas”, la vejez, la enfermedad… una muestra es que por matrimonio se conceden quince días de permiso, y por la muerte de un hijo, sólo tres. Da qué pensar.

El Grup de Treball de Dol i Pèrdues del Col·legi de Psicòlegs de Catalunya ha organizado justamente una jornada dedicada a debatir “Las fronteras del duelo” el próximo 7 de noviembre en Barcelona. Begoña Elizalde se pregunta qué pasaría si un día decidiera vestir siempre de negro; actualmente, a excepción de las ancianas de los pueblos, cuando actualmente alguien viste de negro absoluto suele ser porque tiene el día elegante o un acto de cierto compromiso. Fue Coco Chanel quien sacó al negro de su ostracismo para convertirlo en el básico que no puede faltar en ningún armario; en la memoria queda la escena en que Scarlett O’Hara metía todas sus prendas en un barreño de tinte para lucir de viuda de buen ver enLo que el viento se llevó . Si Scarlett O’Hara hubiera vivido en España unos años más tarde tendría que haber esperado unos días antes de ponerse de negro, porque elNuevo Manual de Urbanidad. Cortesía, decoro y etiqueta , de 1889, recomendaba no empezar a vestir de luto inmediatamente después de la muerte de un ser querido porque parecería que habíamos estado aguardando ya el fallecimiento.

Normas escritas, pero también tradición popular, que podía resultar contraproducente de tan intransigente: cuántas jóvenes se quedaron solteras en los pueblos al encadenar varias pérdidas familiares, que durante varios años, los del luto, les impidieron asistir a verbenas, meriendas o simples cotilleos de lavaderos. En el medio rural, las costumbres vinculadas al luto eran aún más estrictas, según explica Marcos Gómez Sancho en su libroLa pérdida de un ser querido. El duelo y el luto (Aran ediciones). Gómez Sancho describe que en algunos lugares las mujeres que estaban de luto sólo podían ir a buscar agua a la fuente de madrugada, cuando no hubiera gente en la calle, no podían salir de casa en las primeras semanas e incluso estaban exentas de asistir a misa; tan extrema era la cosa que incluso las macetas de las casas donde se había producido un fallecimiento no podían lucir flores.

El luto ha estado estrictamente reglamentado en prácticamente todas las sociedades, como parte inseparable de los ritos de la muerte. Efectivamente, desde que el hombre se levantó sobre sus dos patas el temor a una desaparición física que tarde o temprano va a llegar dio origen a estos rituales, así como la necesidad de despedirse del difunto y de acompañar a este en su viaje y de hacerlo posible, es decir, certificar que el muerto iba a iniciar su nueva etapa y no iba a permanecer en el mundo de los vivos. La muerte dio el paso de acto individual a hecho social ya desde los antiguos egipcios o Babilonia, en la alta edad media los enterramientos iban acompañados de extremadas muestras de dolor por los deudos que en la baja edad media fueron ya disminuyendo y en los siglos siguientes generalizaron el uso del color negro; no fue sin embargo hasta el siglo XIX cuando la muerte se normalizó hasta el extremo de dar lugar a una floreciente industria funeraria, especialmente en Gran Bretaña y Estados Unidos, y generalizar la fotografía post mórtem, que sin ningún complejo se convertía en un recuerdo del ser querido y se colgaba del salón o se enviaba a los amigos.

Lo que queda del luto

Las normas han sido distintas en cada momento y lugar, y también dependían del grado de parentesco con el difunto. Los romanos adoptaron la llamada toga pulla, hecha de un material oscuro, mientras que las mujeres lucían un vestido negro, la lugubria, sin adornos marcando la línea de lo que constituiría el luto en las sociedades occidentales, centrado básicamente en el color negro. Pero el luto también ha tenido otros colores, para empezar, el rojo o el blanco. El rojo deriva del antiguo Egipto, ya que era el color del interior de los féretros y también la ropa de los difuntos. De ahí pasó a la antigua Roma, donde el uso del rojo también sustituyó al sacrificio de animales para rendir homenaje al difunto, una costumbre cara que no todos se podían permitir. El color blanco fue, por mucho que nos pueda sorprender ahora, el más utilizado a partir del siglo II y el de las cortes de Francia y España hasta el siglo XV.

Y si todas las épocas han tenido sus tradiciones, en España, a partir de los Reyes Católicos, han tenido también su reglamento. Fueron estos quienes, a raíz de la muerte del príncipe Juan en 1497, decretaron la pragmática de luto y cera, por la que se restauraba el uso del negro como color oficial del luto. No sólo eso, sino que se vetaba la presencia de plañideras en los velatorios y cortejos fúnebres y a los hombres de la corte de Burgos (sí, únicamente a los de Burgos) se les prohibía afeitarse la barba, so pena de quince días de multa a los barberos que lo incumplieran.

Lo público acababa de entrar en la esfera de lo privado y lo seguiría haciendo y de forma cada vez más severa, eso sí, básicamente con las mujeres. Así, las viudas debían residir el primer año en una habitación tapizada de negro, transcurrido el cual pasaban a otra de colores claros pero sin objetos ornamentales. Pero no sólo ellas: Felipe II vistió un año de negro por su esposa, Isabel de Valois. Alarmado por tanto exceso pero sobre todo por los “gastos desmedidos”, Felipe V limitó el luto a seis meses y a los familiares consanguíneos al tiempo que se restringía el uso del color negro en los domicilios particulares. Su hijo, Carlos III, fue más allá y estableció que el número de cirios “en obsequias y cabos de año” debía ser doce.

Con reglamentos o sin ellos, el siglo pasado aún fue, al menos hasta los años sesenta-setenta, un periodo muy negro, y no sólo por las contiendas que se sucedieron en el mundo. Los periodos de duelo estaban perfectamente establecidos en nuestro país: por viudedad, dos años y seis meses de alivio de luto; por la pérdida de un hijo, otros dos años más seis meses de alivio; por padre o madre, un año y seis meses de alivio; por los abuelos o los hermanos, seis meses; por tíos o primos hermanos, tres. Incluso si tenía lugar un matrimonio durante ese periodo, la novia vestía de negro… Las ropas se teñían una vez pero luego otra, por el llamado alivio de luto, porque claro, pasar del negro azabache al rojo chillón resultaba demasiado brusco, así que estaba todo previsto: antes de volver a la vida en colores, tocaba pasar por un combinado de negros y blancos, morados, grises y lilas. Hasta los años sesenta fue común el uso de la pena negra, un largo velo que se colocaba en el sombrero de forma que ocultara el rostro de la penante y cubriera el vestido hasta la espalda.

Eso en lo que se refiere al sexo femenino, en el cual se ha cebado siempre el luto, y no sólo este, pero eso sería ya otra historia. Los caballeros sólo tenían que anunciar al mundo su pérdida mediante una corbata negra, un brazalete negro o un botón negro en el ojal de la chaqueta. Resulta curioso que fuera la misma Iglesia la que, en 1987, recomendara el morado en lugar del negro para los ritos mortuorios.

Pero el luto, incluso en estas épocas más recientes, no se limitaba sólo a la ropa y a los colores, sino también y muy especialmente a la vida social. La gran escritora Carmen Martín Gaite retrata perfectamente esas normas no escritas que mantuvieron años encerradas en sus casas a las mujeres de la España de la posguerra en su novelaEntre visillos : “Elvira se levantó a echar las persianas y se acordó de que pasaría por lo menos año y medio sin ir al cine. Para marzo del año que viene, no, para el otro. Eran plazos consabidos, marcados automáticamente con anticipación y exactitud, como si se tratase del vencimiento de una letra. Con las medias grises, la primera película. Es lo que se llamaba alivio de luto”. Y que, insistimos en ello, se aplicaba básicamente a las mujeres, aunque la prohibición de asistir a bailes o festejos era extensiva todos los familiares del/la difunta, especialmente en el medio rural. Es en ese medio donde aún se mantienen estas tradiciones, en parte porque estas poblaciones están muy envejecidas y se muestran más resistentes a los cambios. También en algunas localidades rurales era costumbre anunciar mediante un vocero el fallecimiento de alguna persona del pueblo, dejar entreabierta la puerta de la casa donde se estaba velando un difunto.

De aquellos días en que hasta las tarjetas de visita y el papel de carta llevaban un reborde negro cuando se había producido un fallecimiento en la familia a los funerales actuales con los dolientes vestidos de colores, ¿hemos avanzado? Indudablemente sí en la medida en que las personas disfrutan de libertad para expresar sus sentimientos de la manera que prefieran, o no expresarlos en absoluto, y en que el sometimiento a unas normas tenía finalmente más de representación social que de verdadero dolor. No obstante, se sigue planteando la cuestión de si es necesario un ventilador emocional no sólo para dar salida al duelo y a la pena, sino para también hacer de la muerte un hecho visible, porque si algo tiene, es que al final es inevitable. “Todo tiene un coste, lo que hacemos y lo que no hacemos. Hemos creído que estamos por encima de los ritos y que estos son un patrimonio de la religión, cuando no es cierto. En los ritos hay mucho de religioso, pero también de cultural. Si todo nos dice que vivamos el duelo por dentro, al final nos aislamos y es mucho más difícil hacerlo”. Como concluye Marcos Gómez Sancho en su obra, en una reflexión muy adecuada para tal día como hoy, actualmente de lo que se trata “no es tanto de honrar a los muertos como de proteger a los vivos de la muerte de sus allegados”.

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Un negocio o una condena de por vida

Muy acertadamente la actual exposición de ropa femenina en el Metropolitan Museum de Nueva York (Met) lleva por títuloDeath becomes her: a century of morning attire(la muerte llega a ser ella misma, un siglo de atuendos de luto) porque han sido las mujeres quienes han llevado el peso del duelo desde que el mundo es mundo, véanse las plañideras. El Met muestra un conjunto de atuendos entre los años 1815 y 1915 y analiza este fenómeno social que de las clases altas pasó a las bajas por el influjo en los países anglosajones de la reina Victoria de Inglaterra, quien vistió de negro desde la muerte de su esposo, el príncipe Alberto en 1861, hasta la suya propia en 1901, pero también del ya incipiente negocio de la moda y de la apertura de grandes almacenes dedicados al luto, que ponían objetos e indumentarias al alcance de las clases populares.Una cuestión de moda, pero también de control; como explica Jessica Regan, una de las comisarias de la muestra, la viuda, “como mujer con experiencia sexual sin restricciones maritales era vista muchas veces como un peligro potencial para el orden social”. En la Inglaterra victoriana, la viuda debía llevar ropas especiales –negras, por supuesto– durante un mínimo de dos años, y no cualquier tipo de ropas: resultaban imprescindibles una capa negra, un vestido de crepé negro con los puños blancos y cuello sencillo y un sombrero negro con velo; las damas de posibles incluso hacían vestir de negro a todo el servicio. No es de extrañar que la muerte se convirtiera en un buen negocio para el sector textil.Si viajamos un poco en el tiempo encontraremos que el luto siempre ha tenido género. Por ejemplo, en la India, donde hasta su primera prohibición por los británicos en 1829 era una práctica aceptada que la viuda ardiera en la pira funeraria de su marido, ceremonia conocida como Sati, porque, se suponía, que en esta vida ya no iba a encontrar felicidad; también se consideraba que la unión matrimonial era perpetua, y que al arder juntos también podrían renacer en un mundo divino. Interesante, porque a la inversa no funcionaba…