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Por, sdfasd 27/09/2022

El país de las tallas grandes, por Sergi Pàmies

Opinión

Sergi Pàmies

Continúa el empoderamiento de las modelos denominadas curvy , que se distancian de los patrones exangües y delgaduchos de las últimas décadas para proponer una belleza más vital y, al mismo tiempo, más realista. Como la industria (ropa, cosmética) huele posibles beneficios, el movimiento se propulsa gracias a una mercadotecnia proporcional y a un discurso que reviste de feminismo igualitario lo que en la práctica es pura codicia. En una lógica estrictamente igualitaria, la jerarquía de la belleza ya debería ser considerada sospechosa de varios delitos de incorrección. Sin embargo, gracias a las imperfecciones del software de la condición humana y a la libertad de ser sensibles –aún– a todas las formas de belleza, podemos digerir la propaganda de la moda con una mezcla de admiración, impotencia, ironía, resignación o envidia. Y podemos recordar cómo, siendo adolescentes, nos entusiasmaba el extasiante palmito de Sofia Loren, que cuando le preguntaban cuál era su secreto dietético sentenciaba: “Todo lo que ves se lo debo a la pasta”.

Confieso que he practicado la dieta Loren con furor militante. Quizá por eso estoy en condiciones de afirmar que los resultados no son los mismos. Es más: sospecho que la belleza es (o no es) intrínseca y que cualquier intento de imitación gregaria y desesperada –y la moda los potencia hasta el paroxismo– acaba mal. A los hombres gordos u obesos nadie nos llama curvy porque no representamos una masa crítica lo suficientemente influyente para convertirnos en lobby. Se nos reduce a una categoría aparentemente neutra pero irrefutable: tallas grandes. Tallas grandes es, como el País de Nunca Jamás, un rincón de ficción privilegiada de los grandes almacenes. Un rincón en el que, en pocos metros –y a menudo a precios desorbitados– se nos propone una selección reducida de ropa lo suficientemente ancha para adaptarse a nuestras anatomías expansivas.

A los hombres gordos u obesos nadie nos llama ‘curvy’; aún no somos un nicho de mercado

El país de las tallas grandes, por Sergi Pàmies

Reconocernos es fácil: deambulamos por la sección con ademán circunspecto. Olfateamos las etiquetas, con todas las derivadas de la talla XL (XXXL o 3XL). Evitamos la ropa demasiado ceñida y celebramos el invento de la caída holgada, la cremallera o las cinturas de goma con introvertida euforia. Nunca seremos curvys porque aunque la expansión del universo curvy democratiza el acceso a la autoestima contra las múltiples dictaduras del gusto, prescinde de demasiados planetas que acaban refugiándose en el exilio de las tallas grandes. Si, en nombre de alguna justicia empoderadora o de libertad igualitaria, a alguien se le ocurre criminalizar las tallas grandes y, con solemnidad revolucionaria, pedir su abolición o reconversión ideológica, sepa que tendrá que hacerlo pasando por encima de mi cadáver. De mi cadáver talla 3XL, se entiende.

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