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Por, sdfasd 20/04/2022

Masustegui: una ínsula imperecedera de puertas abiertas y calles angostas

No fue hasta el 2010, un año después de la muerte del dueño, que los terrenos pasaron a pertenecer al Ayuntamiento de Bilbao por una cifra que asciende a casi dos millones de euros. Hasta ese momento el barrio de Masustegui no existía para el ordenamiento urbanístico –pese a que sus vecinos pagaban los mismos impuestos que el resto de habitantes de la gran urbe–. Y cualquier Rolls-Royce de los que disponía De la Vía hubiera tenido serias dificultades para subir por las angostas y empinadas cuestas que conducen al nudo de este enjambre obrero.

Con trabajo pero sin un techo bajo el que dormir, la necesidad agudizó la argucia para trampear las normas vigentes y los gallegos que emigraron en tropel –muchos de ellos para ocuparse en la cantera– se aprovecharon de la legislación durante el franquismo que impedía echar abajo una vivienda cuya construcción ya había comenzado. El cura del barrio ayudó, con su silencio y complicidad, a que los obreros gallegos pudieran construir sus casas en tiempo récord. La red de agua y tuberías inicial también fue instalada por los propios habitantes del barrio –aunque años más tarde, en la década de 1960–.

Segundo Rodríguez (Viana do Bolo, 1948) llegó a Bilbao para trabajar en la construcción y en esa profesión permaneció hasta que se jubiló. No escatima en verdades cuando afirma que gracias a él, y muchos más emigrantes, se pudieron obrar el gran entramado de autopistas y carreteras modernas que conectan los principales núcleos urbanos y que resultaron imprescindibles para el desarrollo económico y social de Euskadi.

Segundo Rodríguez, natural de Viana do Bolo, vive en una de las casas de Masustegui.E. Filgueira

Partir es arribar

Su casa ya estaba construida cuando atracó en la ría del Nervión, en 1976, y es uno de esos ourensanos que primero probó suerte en el extranjero (estuvo unos años en Lyon, Francia).

Según el fondo documental del Instituto Nacional de Estadística (INE), ese mismo año partieron de la provincia de Ourense 2.474 personas hacia otros municipios españoles para ganarse el pan –no entran en este recuento los que compraron billete a Europa o a América–.

Partir es también arribar. Y algunos de esos ourensanos que se fueron pertenecen al grupo de los casi 13.000 inmigrantes de otros territorios nacionales que recalaron en Bizkaia como Segundo, atraídos por el resurgir industrial y económico que experimentaba Euskadi.

"Seica agora a cousa está moito máis complicada e, aínda que queira un, ás veces non se atopa sustento"

“A min chamoume un primo que tiña aquí, que morreu moi novo, porque sobraba emprego. Seica agora a cousa está moito máis complicada e, aínda que queira un, ás veces non se atopa sustento”, recuerda en la entrada de su casa, que da a uno de los estrechos tramos de escaleras que vertebran el barrio.

Él y su mujer se sienten ya más vascos que gallegos después de 45 años viviendo en Masustegi. “Xusto coincidiu que eu volvín a casa nunhas vacacións que tiven, cando aínda estaba en Francia, e coñecín a miña muller, tamén de Viana. Cando viñemos para aquí tivemos dous fillos e despois chegaron os netos. Agora xa non imos case nunca a Ourense porque os nosos pais foron morrendo e non nos tira tanto a terra. O que si que volve sempre que pode polo entroido é un irmán que teño en Madrid”, afirma con una sonrisa llena de sabiduría.

Segundo –siempre con las manos en los bolsillos, buscando la seriedad que le falta cuando habla– fue testigo de cómo ha cambiado Masustegui con el paso de los años. Antes, los gallegos constituían el grueso del barrio. Ahora cada vez son más los vecinos procedentes de otras zonas como América Latina, África o personas de etnia gitana. Y no solo ha disminuido el número de gallegos. En Masustegui llegó a haber quince bares (de los que solo quedan tres), escuela (ahora los niños tienen que desplazarse a otros barrios de la ciudad para ir al colegio), tiendas de ultramarinos (actualmente no hay ninguna) e incluso una farmacia que terminó por trasladarse porque la clientela no resultaba suficiente para mantener el negocio abierto.

Masustegui: una ínsula imperecedera de puertas abiertas y calles angostas

Conchi Novoa, en el porche de su casa de Masustegui, que heredó de sus padres.E. Filgueira

Que cien años no es nada

En 1963, justo después de que naciera su primer hijo, hizo las maletas en la parroquia de San Cristóbal, perteneciente al municipio de Monterrei (Verín) José Novoa (1938-2020) para trabajar en el puerto de Bilbao, cargando y descargando barcos hasta el día de su jubilación. La necesidad y el hambre empujaron a muchos del interior de Galicia a terminar dedicándose al mar.

Faenaba de día, de noche, domingos y festivos. Así fue como consiguió ahorrar para pagar el billete de su mujer Rosa Losada (nacida en 1935) y que se trasladase allí con el niño.

En el porche de su casa en Masustegui cuelga la ropa y arregla el jardín –que cuando sus padres vivían era una huerta– su hija pequeña: Conchi Novoa. Ella forma parte de los considerados como gallegos de segunda generación porque, si bien es cierto que su hermano se asomó al mundo en Ourense, ella lo hizo en Bilbao, en 1972.

"Los que quedamos todavía tenemos lazos bastante fuertes de unión porque llevamos toda la vida aquí"

“Muchos se volvieron al jubilarse o ya han fallecido y se ha perdido un poco el sentido de comunidad. Hasta hace no mucho, si alguien tenía un problema con el tejado o la casa, iban todos a ayudarle. Ahora hay más mezcla, el barrio no es tan homogéneo y se nota. Pero los que quedamos todavía tenemos lazos bastante fuertes de unión porque llevamos toda la vida aquí. Yo nací en esta casa”, recuerda reposando sus brazos en el antepecho del porche. “Son lazos que cuesta mucho romper porque incluso desde el Ayuntamiento quisieron tirar abajo todo para edificar nueva vivienda y no lo consiguieron. A algunas personas las engañaron diciéndoles que les daban un piso a cambio de sus casas y al final lo tuvieron que pagar. Así que cuando se enteraron los demás, se quedaron”, resume Conchi contándose con satisfacción entre el grupo de la resistencia.

"Se celebraba mucho el magosto, pero creo que hace un tiempo que perdió fuelle"

Conoció a su marido en un bar del barrio. Es otro emigrado de Portugal que llegó a la capital bizkaina para buscar trabajo. Los veranos, y siempre que tienen vacaciones, se escapan a la casa familiar que todavía conservan en Monterrei. Ella anhela con fuerza poder pasar un entroido en Verín porque a sus 49 años todavía no ha tenido oportunidad. “Aquí se hacen fiestas por San Gabriel, que es el patrón del barrio, el 29 de septiembre. Se suele hacer una mejillonada para todo el que quiera venir, no solo para los vecinos. También se celebraba mucho el magosto, pero creo que hace un tiempo que perdió fuelle”, afirma.

El año que su padre emigró lo hicieron otros 481 ourensanos con destino Bizkaia, en su gran mayoría concentrados en lo conocido como margen izquierda, donde se agrupaba la industria y había una mayor necesidad de mano de obra. En 1963 –justo cien años después de que Rosalía de Castro publicase ‘Cantares Gallegos’– un total de 3.218 ourensanos –sin contar las migraciones transoceánicas– se fueron de la provincia para hacerse hueco en otros lugares de España entonando resignados aquello de:

“Adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos.

Adiós vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos”.

“Eu xa son máis de aquí pero a miña raíz non se pode arrancar”

Ser de un lugar nos define. Y a Maruja la moldeó A Xironda (Cualedro, 1944). De ese mismo lugar es también la máscara –de más de un siglo de antigüedad– en la que se inspiraron muchos diseños de las figuras del entroido de la comarca de Monterrei. Quizá por eso, detrás de Maruja se esconde María. Salvo cuando habla de su marido o recuerda cómo llegó a Bilbao, con 18 años. En esos instantes, Maruja pasa de la resistencia y la aspereza a la inocencia y la emoción. María se deja ver, rodeada de los fantasmas del apego.

“Os dous coincidimos aquí, mais eramos do mesmo pobo. Coñecímonos e casámonos en Bilbao xa. Despois chegaron os fillos e xa non marchamos máis que cando nos xubilamos, que iamos de xuño ata as castañas, a principios de novembro. Fai dous anos que me morreu o marido”, explica doliente. Juntos criaron a dos mujeres y un hombre.

Maruja emigró a Bilbao con 18 años y allí conoció a su marido, de su mismo pueblo.E. Filgueira

Maruja mantiene –a su edad– su independencia y derecho a decir o callar lo que le dé la gana. Explica la vida entera con una frase: “Todo quere o seu sitio”. Y tiene la memoria y la vista como si acabaran de pasar por el afilador: “Cheguei en tren o 27 de xaneiro de 1962”, clava si le preguntan desde cuándo controla la ciudad desde Caramelo.

Ella, que de niña nunca imaginó cómo sería su vida porque la escasez no dejaba espacio a la fantasía, utiliza el verbo marchar para referirse a los que volvieron a Galicia y para los que fallecieron. Indistintamente. En su día a día, se traduce en lo mismo: ya no le hablan ni la escuchan. Y del teléfono prefiere no saber nada.

"Quedan moi poucos de Ourense. A maioría dos que aínda están son da terra rica"

“Aquí ao principio todos tiñamos hortas. Pementos, cebolas, verzas, tomates... Pero fixéronse máis casas e as hortas foron desaparecendo. Quedan moi poucos de Ourense. A maioría dos que aínda están son da terra rica, que é como chamo eu aos da costa porque os gobernos sempre reparten máis para aí. Hai moitos da Coruña. O resto foron marchando”, resume.

María se crió con 9 hermanos de los que aún viven 4 –una de ellas en Bilbao también, pero en otro barrio–. Y, aunque no se estilaba mucho por aquel entonces, cuando hizo las maletas para abandonar A Xironda estaba soltera. “Traballei nunha casa, limpando. Antes todas limpabamos, non había tantas oficinistas como agora”, apunta con guasa. Su marido ejerció primero como carpintero en las obras y después de trabajar en una ampliación del Corte Inglés, le ofrecieron quedarse en la sección de restauración, donde permaneció más de 30 años. “Polo menos aí quitouse das molladuras e do frío das obras”, relata con el modo abuela activado.

Su casa se la compraron a otro gallego que vivía allí antes que ellos y que la construyó con sus manos. “Pero duran ¡eh! Que xamais se nos levantou o tellado”, advierte.

La modernidad

Sobre los cambios acaecidos en el barrio Maruja destaca uno sobre todos los demás: “Aquí estase de maravilla, porque antes si que tiñamos que arrear todo no lombo para traelo a casa. Agora chega o autobús”. Y recuerda –asomada al mirador en el que realiza su última parada el transporte público– que cuando ella llegó a Bilbao todos los edificios estaban pintados de negro por el humo de los Altos Hornos.

Maruja es mujer de estar en bata en casa –las compra aquí, cuando vuelve–, dar “garbeos” por las tardes y vacilar a todo el personal en gallego. “Enténdeno perfectamente. O euskera non, pero o galego enténdese perfectamente. E ademais non o podo evitar, empezo falando o castelán e sempre me vou para o outro lado. E máis desde que a cousa se arranxou e podes falar o que queiras” –explica cuando Rosario, una de sus compañeras de paseos vespertinos, le recrimina su forma de ser–. “Digo o galego de antes, que é o que falamos nós. O galego que se ensina agora nos colexios non hai quen o entenda”.

"Eu creo que non hai moita diferencia de carácter entre nós e eles"

Y si bien es cierto que en cuanto a territorios ella distingue perfectamente dónde acaba Masustegui y dónde empieza Caramelo, no lo es menos que con las personas no atiende a nacionalidades. “Agora cando van pola rúa podes notar se son vascos porque falan euskera, pero antes non o falaban, entón non distinguías quen era de fora e que de aquí. Eu creo que non hai moita diferencia de carácter entre nós e eles”, afirma.

Cuando el sol comienza a bajar, pone rumbo a su casa dejando claras dos cosas. La primera es sobre su origen y le causa gracia: “Se me poño á dereita son máis portugesa que galega”. La segunda sobre lo que siente y le despierta saudades: “Eu xa son máis de aquí, pero a miña raíz non se da arrancado”.