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Por, sdfasd 14/07/2022

Exclusiva: El renacer de Adriana Fonseca y su vuelta televisión Menú Buscar

Sí, tuve una relación en la que toqué fondo. Victoria Ruffo me advirtió: “O terminas con esto o ese hombre te va a matar”. Las dos trabajábamos juntas en aquella época en la obra de teatro “Las Arpías”. Esa persona me regaló una sesión de mesoterapia, para que me viera más delgada, en la que me inyectaron algo para disolver la grasa de mi cuerpo, que según él me hacía falta. En un lugar de la gira me levanté en la madrugada, me toqué el abdomen y me note una bola durísima, grande, me preocupé muchísimo. De pronto me salieron por todo el cuerpo y ya no eran chiquitas: eran grandes, como limones y naranjas, fue algo horrible. Nadie sabía qué estaba sucediendo, salvo Victoria Ruffo. A ella le lloraba y le contaba todo, porque estaba tan ocupada que no podía ni ir a los doctores. Cuando iba al fin, no daban con lo que tenía, y ya llegó un momento en que la situación estaba muy mal porque las bolas se reventaban y comenzaba a supurar la infección, tenía que cambiarme el vestuario, me andaba desmayando y nadie sabía, fue muy muy difícil. Enferma y si mi autoestima andaba mal, imagínate ahí con mi cuerpo lleno de bultos, parecía un árbol de Navidad… -dice con sentido del humor, ya lo pasado, pisado–.

Justo entonces me llamaron de L.A. para hacer una entrevista de trabajo. Yo ahí ya me iba desmayando por todos lados. Después de la entrevista, unos amigos me invitaron a cenar y de pronto nos encontramos a mi querido Eugenio López. De carro a carro lo saludé, fue como un ángel que se apareció. Me invitó a ir con él a una fiesta a casa de Nicky Hilton y de ahí fuimos a su casa. Le conocía bien, era amigo de muchos años atrás, así que me atreví a contarle y le mostré cómo estaba, tuve la confianza de enseñarle el cuerpo y me dijo impactado: “No te vas a ningún lado, te quedas aquí”.

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Él me mandó inmediatamente a su doctor y se hizo cargo de todos los gastos, porque yo no tenía seguro aquí en Estados Unidos. Los doctores no daban con qué tenía, las cuentas subían y yo estaba muerta de pena con él, porque ya los gastos eran muy grandes y no daban con qué.

Fue un primo mío, dermatólogo en Veracruz, quien me dijo desde un comienzo que era una infección posiblemente causada por una bacteria, que después supe que agarré en la mesoterapia aquella, y me avisó: “Te tienen que drenar”. Hablé con el doctor de Eugenio y me empezaron a llevar a los drenajes. Eso fue espantoso, lo más doloroso que yo he vivido en mi vida. Gritaba como si estuviera pariendo, fueron unos dolores tan y tan terribles que todavía me saltan las lágrimas si lo pienso.

Necesité someterme a siete cirugías plásticas. Estaba completamente sola en L.A., iba sola al quirófano, salía sola del hospital, me daba pena contarle a la gente, a mis papás, fue muy muy duro.

Me salió una película en Perú y, al día siguiente de una de las cirugías, por mi afán de no perder mi carrera, volé para allá toda adolorida y echándole ganas. Cuando me vieron el cuerpo lleno de bolas y cicatrices, me sacaron inmediatamente de la película. Fue horrible. Me las quitaban y me seguían creciendo. Me regresé y tras la séptima cirugía, dieron de milagro con la bacteria. Estuve a nada de morir: la última doctora que me vio me lo dijo. Me hizo una excavaciones totales y me dejó unos hoyos tan enormes, que yo tenía que rellenarlos con gasas para que no se notaran.