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Por, sdfasd 24/09/2022

¿Cuál es el lugar del hombre hetero en el feminismo?

Cada vez más son más los hombres jóvenes que creen que la violencia de género no existe. Según el Barómetro Juventud y Género 2021, uno de cada cinco niega su existencia y lo define como un "invento ideológico", un 20% más que hace cuatro años. Por otro lado, el 74,2% de las mujeres jóvenes considera que la violencia de género es un problema social muy grave y la mitad de ellas cree que ha aumentado en los últimos años. Entonces ¿qué está fallando?¿Cuál es el lugar del hombre hetero en el feminismo? ¿Cuál es el lugar del hombre hetero en el feminismo?

Se han publicado muchos análisis que relacionan estos datos con el auge de la extrema derecha o con el miedo que genera en los hombres una pérdida de privilegios, pero ninguno en el que se incluya una autocrítica desde el feminismo a la hora de mejorar la inclusión de los hombres en su lucha. Si la extrema derecha ha promovido el negacionismo de la violencia de género y ha encontrado un nicho de votantes en esta idea, no ha sido por arte de magia, sino aprovechando las fisuras que se han abierto tras la confrontación entre hombres y mujeres cuando se habla de feminismo.

Si los hombres que tienen que entender el mensaje de que el feminismo es lo justo están interpretando que todo esto es un disparate que quiere acabar con su identidad y su lugar en el mundo, pensar que esta reacción se debe solamente a que son unos fachas o unos machirulos con miedo de perder sus privilegios es lavarse las manos. No responsabilizarse del mensaje solo fomenta ese caldo de cultivo victimista del que se aprovechan los discursos de extrema derecha para captar a aquellos que dan la espalda al feminismo al sentirse atacados y entienden que la violencia de género es un invento ideológico. Como dijo la filósofa y escritora Elizabeth Duval en una entrevista, "el obrero misógino, racista y machista merece que la izquierda trabaje para él y no lo demonice", pero parece que se esté haciendo lo contrario al convertir el feminismo en un club selecto basado en la culpa y el castigo, donde si eres hombre tu papel es puramente pasivo y debes limitarte a escuchar lo que se te tenga que decir lo entiendas o no, en el que quien no siga las normas de etiqueta se queda fuera para siempre.

Este escenario también se ve favorecido por una parte del feminismo que ha identificado al hombre, más concretamente al hombre blanco, cisgénero y heterosexual como responsable de toda violencia ejercida contra la mujer. En estos discursos el machismo pasa de ser un sistema de opresión abstracto a encarnarse en el cuerpo de todos los hombres, cuyo pecado ha sido nacer y ser cómplices, lo queramos o no, de esas dinámicas de poder. Por lo tanto, entre odiar el machismo y odiar a los hombres solo hay un paso. Entiéndase “odiar a los hombres” como una hipérbole ampliamente utilizada en internet, incluso como un meme, pero que revela una tendencia conceptual en la que se entiende al hombre como el enemigo, el depredador del que protegerse, el individuo del que no nos podemos fiar ya que es un hijo fiel del heteropatriarcado.

Este determinismo solo nos lleva a la renuncia de la posibilidad de cambio, a entender al hombre como algo esencialmente violento, a generar una dinámica de guerra cultural entre hombres y mujeres, a cavar unas trincheras todavía más profundas y hacer de la violencia de género un problema sin solución, un congreso en el que unos se sientan a la izquierda y otros a la derecha y no hacen más que gritarse. La división que se ha dado en los últimos años también la recoge el Barómentro respecto al sentimiento feminista: siete de cada diez mujeres jóvenes se identifican como feministas, cada vez más, con un aumento del 20% entre 2017 y 2019, mientras en el caso de los hombres, a pesar de que el porcentaje también aumentó entre 2017 y 2019 del 23,6% al 37,3%, se ha reducido en casi cinco puntos con un 32,8% en 2021.

¿Quién oprime al hombre blanco hetero?

Algunas herramientas que el feminismo ha aportado a los hombres de una forma más constructiva son la deconstrucción de la masculinidad, la revisión de sus privilegios y su posterior desarticulación. Si bien cada uno es el mayor responsable de sus actos y es necesaria una predisposición para empezar a tomar conciencia de cómo reproducimos conductas machistas, esta estrategia se queda corta, ya que presupone que mediante la suma de los esfuerzos individuales de cada hombre, el machismo caerá por su propio peso. Un argumento muy similar a la respuesta utópica sobre la redistribución de la riqueza en la que se fantasea con el día en el que los ricos se mueran o donen todo su dinero, como si eso fuera a resolver la pobreza mundial. Para generar un cambio profundo y dejar de perpetuar la herencia del machismo hace falta algo más que un enfoque individualista, porque no somos una mera suma de individuos, sino un conjunto humano que convive y depende de una serie de sistemas que llevan siglos fraguándose en nuestra sociedad.

¿Cuál es el lugar del hombre hetero en el feminismo?

Olvidar que estos sistemas de opresión están por encima del individuo (ya sea hombre o mujer) y sus capacidades, solo nos lleva a la frustración del enfrentamiento constante en el que se busca que los hombres renunciemos a nuestros privilegios como el que se desinstala una aplicación del móvil. Y es tal la desconexión a la hora de entender la relación entre individuos y sistema que esta fórmula llega a la política. Hace unos meses una diputada escribió en Twitter "Ey, varón blanco cis hetero, enséñanos quién te oprime, que no lo vemos". Poco después borró dicho tuit ante la avalancha de comentarios que señalaban su falacia al dar a entender que no existe una opresión que afecte a el hombre-blanco-cis-hetero, mal de males de esta sociedad y libre de todo sufrimiento.

Esa opresión, invisible para algunos, toma muchas formas diferentes y nos afecta a todos independientemente de nuestro género, raza, identidad sexual o de género, como el sistema productivo en el que vivimos o el precio del alquiler. Fragmentar a la sociedad en un sistema de opresiones y privilegios y hacer un ranking en función de tu posición en la pirámide pasando por alto que la clase social es la condición que atraviesa todas esas categorías no resuelve los conflictos. No por ello hay que poner en duda que existan diferentes tipos de desigualdad, que acceder a un alquiler sea mucho más complicado para las personas racializadas, que haya mucho más paro entre las personas trans, que la pobreza golpea más a las mujeres o que la crisis de la pandemia afecta sobretodo a las familias monomarentales. Pero entender que Kamala Harris, la primera vicepresidenta negra de Estados Unidos, es una persona más oprimida por su condición de género y raza que un hombre blanco cis hetero que no puede pagar la factura de la luz, es un error que se deduce de aplicar el esquema de los privilegios a la vida real.

Además de los problemas que a todos nos atraviesan, los hombres también se ven especialmente afectados por cuestiones específicas como los accidentes laborales, los suicidios o la mendicidad. Casi ocho de cada diez personas que se suicidan en el mundo son hombres, casi el 85% de las personas sin hogar en España son hombres y en lo que llevamos de año, el 93% de los muertos por accidente laboral fueron hombres, según el Ministerio de Trabajo y Economía Social. Estas cifras jamás tendrán una lectura de género, como tampoco se le aplicarán el mantra de los cuidados ni aquello de poner la vida en el centro. Incluso hay quien desde una postura feminista critica que los hombres "llegamos tarde" a la salud mental, que nos lo hemos buscado, que es lo que hay. El tren de ese feminismo hace tiempo que partió y es tu problema si no corres lo suficiente para alcanzarlo.

"Casi ocho de cada diez personas que se suicidan en el mundo son hombres, casi el 85% de las personas sin hogar en España son hombres y en lo que llevamos de año, el 93% de los muertos por accidente laboral fueron hombres"

Male tears

Las altas tasas de suicidio entre hombres son fáciles de explicar si entendemos cómo históricamente se ha socializado a los niños a través de valores que representan la masculinidad tóxica, siendo una de las piedras angulares de su identidad el valor de no expresar las emociones. Estos cimientos son la base cultural sobre la que se ha creado el proyecto de vida tradicional del hombre desde que es un niño, que después pasará a ser un adolescente que tiene que validarse a través de la conquista de mujeres como si fueran trofeos y que culminará al convertirse en el patriarca que mantenga y proteja a su familia, con todas las conductas machistas interiorizadas por el camino que este modelo implica. Pero aislado de su contexto, ese modelo de hombre no es una marioneta del sistema de opresión del machismo; sino un machista, un heterazo, un machirulo y en definitiva, un culpable.

Lo interesante ha sido ver cómo muchos de estos hombres que hemos sabido escuchar las diferentes voces del feminismo y reflexionar sobre sus conductas hacia las mujeres, hemos pasado en poco tiempo de ser machirulos a ser "aliades", un término que se usa para señalar la falsa conversión de un hombre machista como aliado del feminismo. Si te quedas como viniste al mundo, eres un heterazo, pero si exploras las llamadas nuevas masculinidades, también eres sospechoso, haciendo que lo que el feminismo espera de tí sea todavía más confuso y tus dudas no las resuelva ni siquiera un curso de 300€ sobre deconstrucción de la masculinidad. Estos esfuerzos no parecen suficientes, ya que cuando empezamos a romper la losa milenaria que nos impide hablar de nuestros sentimientos, el humor de las redes es mucho más rápido y hace tiempo que respondió con ingenio acuñando la expresión "male tears". Las lágrimas de los hombres, algo históricamente reprimido que por suerte hoy en día es más frecuente ver, como objeto de meme. El hecho de que los hombres compartamos nuestros problemas y expresemos cómo el machismo ha condicionado nuestras vidas y ser conscientes de ser víctimas de nuestra propia masculinidad debería ser visto como una victoria por parte del feminismo. Sin embargo, muchas personas lo entienden como una competición del sufrimiento en la que los hombres no parecen tener derecho a expresar sus emociones, al menos públicamente. Una contradicción importante si pensamos que el origen de su problema era, en primer lugar, no expresarlas.

El absurdo llega hasta el punto en el que hemos visto una polémica surgida a raíz de Movember, la campaña que cada noviembre busca visibilizar enfermedades masculinas como el cáncer de próstata o de testículo además de las altas tasas de suicido entre los hombres. Si la salud de los hombres es otro de esos tabúes a romper después de que se hayan invisibilizado históricamente por suponer una muestra de vulnerabilidad, la intención de fomentar la investigación y recaudar fondos quedó eclipsada mediáticamente por la acusación de ser una campaña injusta para las enfermedades de las mujeres y con tintes machistas.

Es importante entender que las mujeres no son fuentes de pedagogía para los hombres, que las habrá más dispuestas y más hartas, quienes hagan sus discursos desde lo académico o desde el humor, quienes acierten y quienes se equivoquen en sus análisis, y que todas ellas están en su derecho, pero no olvidemos que es más fácil que muchos hombres abracen los discursos negacionistas de la violencia de género y se conviertan en un peligro potencial para otras mujeres si se les excluye del feminismo.

Es comprensible que después de siglos en los que se ha silenciado a las mujeres todavía exista una reticencia a que los hombres participemos en esos espacios de desahogo y que se sienta que se están equiparando las violencias sufridas. Tampoco es de extrañar que ante tantos casos de violencia de género y el hartazgo de encontrar machismo en tantas capas de la sociedad, se generen respuestas con un carácter más violento que busquen combatir esas actitudes sin medias tintas y desde el feminismo se señale a la masculinidad y la heterosexualidad del hombre como un cáncer que hay que extirpar. Que te llamen maricón en el colegio por llorar no es en absoluto equiparable con sufrir una violación, pero tenemos que luchar por entender que ambas experiencias son parte del mismo problema, que excluir al hombre-blanco-cis-hetero de la ecuación es un grave error que limita profundamente las posibilidades de generar un movimiento transversal que cambie el rumbo de nuestra sociedad hacia un futuro sin violencia de género.

Nadie olvida que sean las mujeres las víctimas más urgentes de este sistema, que hayan asesinado a 37 mujeres por violencia de género en lo que llevamos de año, que existen problemas tan tangibles como el acoso callejero y tan difusos como el maltrato psicológico. Pero mientras nosotros, meros individuos de esta sociedad, usuarios de Twitter e inquilinos de alquiler nos partimos la cara en una cámara de eco sobre quién puede participar en el feminismo, el sistema sigue igual, mirándonos desde arriba como el que observa una pecera.