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Por, sdfasd 30/09/2022

Moda sustentable: por los precios, la ropa de segunda “premium” es un boom

Ferias americanas, pero con ropa de marca. ¿Se podría definir así? A ver: es cierto que los nuevos "segunda mano" tienen por concepto la compra-venta de ropa usada igual que los “vintage” de mercado de pulgas. Tal vez, agregamos perchas finas y sacamos prendas de los ochenta; ponemos ambientación marketinera y restamos cualquier atisbo de olor a naftalina. Sí, pero, además de la etiqueta de shopping, los dueños dicen que el objetivo es generar una “moda sustentable”.

​La industria textil se ha convertido en una de las más contaminantes del planeta. Cada año, el sector aumenta la producción y renueva con más frecuencia sus colecciones, de modo que estar a la moda emplea más recursos naturales, produce más vertido de tóxicos y emisiones de dióxido de carbono, promueve el trabajo cuasi-esclavo en países asiáticos y genera más descarte.

Algunas empresas textiles se intentan rebrandear hacia lo verde con formas de producir más amigables con el ambiente, prendas de más duración y hasta reciclado de telas. Pero son pocas adentro de la cajita feliz de lo ecológico. Como alternativa a ese greenwash, la moda circular propone dar más uso a cada prenda para disminuir lo que se tira y, a futuro, generar un impacto en las grandes marcas.

En Buenos Aires, hay un boom de los locales premium de indumentaria de segunda mano que llega en simultáneo con el contexto de crisis económica y poder adquisitivo licuado. Con la indumentaria de primeras marcas a precios desorbitantes, muchos se vuelcan a la calle Avellaneda, en el barrio de Flores, o a este tipo de alternativas de lo usado, que permiten permanecer dentro de los consumos más exclusivos.

¿Qué dicen los impulsores de la tendencia? “Esto es como la profesionalización de las ferias americanas. Buscamos emparentarlo a una marca de ropa tipo A en cuanto a la exhibición, el local, la experiencia, la bolsa, la música, el aroma y obviamente en la curaduría: en qué tomar y qué no”, cuenta a Clarín Gonzalo Posse, uno de los fundadores de Galpón de ropa.

En siete años, la empresa pasó de contar con dos personas en un taller mecánico abandonado en Villa Crespo a sumar 50 trabajadores en cuatro locales de la Ciudad de Buenos Aires. Además, desde principios de año, llegó el e-commerce, que hoy les representa el 10% de las ventas.

“Por el 2012, notamos que no había una forma transparente y eficiente de vender la ropa que no usabas. No había nada online, por ejemplo, y ya estaba pasando que para el argentino la ropa de marca era cada vez más cara. Había una necesidad de comprar ropa buena y distinta, pero no a los precios comerciales de los shoppings”, explica el empresario treintañero.

Con el correr de los años, se sumaron iniciativas también de donación de ropa y reciclaje. “Nos empezamos a enamorar del concepto de lo usado, de la economía circular y del cero impacto que tiene”, cuenta a este diario desde “la cocina” del local, donde separan las prendas que reciben en consignación o que compraron a usuarios.

A unos metros, una empleada evalúa dos carteras de cuero negro. Bea (59) las compró en la marca Mishka por alrededor de $12.000 cada una hace más de un año. Tendrá algún beneficio por ser “galponera vip”, pero la cotización depende fundamentalmente del análisis en el local, que clasifica cada prenda en cuatro “calidades” -básica, media, alta y superior- que varían según ciertas cualidades, como el corte, si la tela es lisa o estampada, el color y, por supuesto, quién la produjo.

“No necesariamente tiene que ser de marca, aunque obviamente es un aspecto muy positivo para el cliente, que cuando conoce de qué marca es, no necesita saber más nada, porque se siente identificado”, asegura Posse, y sigue: “Puede ser una prenda que no es de marca conocida o perdió su etiqueta, pero es de muy alta calidad y se toma de todas maneras”.

Las opciones de pago, como en la mayoría de los lugares, son tres: llevarse el 30% en efectivo del precio al que se ofrecerá la prenda en el local, un 40% si se deja en consignación y un 50% si se canjea por crédito para comprar en el local. Bea se lleva, en billetes, el 15% del precio que pagó inicialmente.

No le preocupa. “Hay gente que por ahí no puede acceder a esta ropa si no es usada, así que me parece bien traer lo que ya no uso. Y aparte me parece más seguro que vender por Internet, donde tal vez tenés que encontrarte con alguien a quien no conocés”, explica a este diario.

La mayoría de las prendas se va rechazada. "Esto tiene como unas manchitas y no lo tomamos porque nosotros no lavamos las prendas. Si querés probar sacarlo y volverlo a traer no hay problema”, descarta con amabilidad la gate keeper del local. “Esto está impecable, pero es un estilo muy clásico que acá no funciona”, dice luego sobre un vestido negro de mujer.

Clarín extiende su tapado de cuadritos. “Calidad básica no estamos tomando en abrigos por el momento”, reza con elegancia la joven empleada una vez más y dobla con oficio la prenda sobre el mostrador. La comunicación es clave para evitar discusiones con los clientes.

Moda sustentable: por los precios, la ropa de segunda “premium” es un boom

Miriam, de 63 años, logra vender cuatro prendas y también se lleva el efectivo. “Me habían recomendado venir mis amigas, porque con la pandemia subí un montón de peso y ya no me quedaban algunas cosas. Había ido a otro que era un desorden tremendo. ¡Un olor a ropa sucia! Me parece que el orden es todo. Parece todo a estrenar”, expresa.

¿Fast fashion lado B?

La industria de la fast fashion es como encender un fósforo. Empieza con una chispa de deseo, sigue con alguien comprando una camisa floreada y termina con el palito consumido en cuestión de semanas cuando se ponen de moda los modelos lisos. Como resultado, el 73% de la ropa que se produce en un año termina incinerada o en basureros, según un estudio de la fundación Ellen MacArthur de 2017.

¿Qué significa esto en un mundo de recursos escasos? La fabricación a gran escala utiliza químicos de gran toxicidad, que ponen en riesgo las reservas de agua así como la salud de quienes trabajan a veces por 12 o 14 horas en condiciones precarias. Se estima que la industria es responsable del 10% de las emisiones de dióxido de carbono a nivel global.

Lejos de pensar entonces en reducir la fabricación a lo mínimo indispensable. Entre 2000 y 2015, la cantidad de prendas producida anualmente se duplicó y los consumidores redujeron la cantidad de veces que las usan. “La tendencia de hoy es la basura de mañana”, reza una famosa crítica del modelo.

En ese contexto, la moda circular –la premium, al menos- se plantea como una alternativa para evitar los altísimos niveles de descarte que producen las marcas al renovar las colecciones de manera constante. Sin embargo, no pareciera combatir el consumismo aspiracional que encendió la mecha en primer lugar.

En general quien compra es porque no puede acceder al producto nuevo. Las prendas que se recirculan son de esas mismas marcas que fabrican con rutinas altamente contaminantes y con modelos de trabajo precario. En definitiva, no hay casi reflexión de que la llamita primigenia fue producto de la publicidad.

¿Hay contradicción? “Hay cierta contradicción, pero todo no se puede de golpe y esta es una forma de empezar”, responde Juan Cruz Pagnutti, de Urban Luxury, una marca con cinco locales de compra-venta de indumentaria ubicados en Palemo, Belgrano, Almagro, Martínez, y Saavedra. Y compara: “Vos podés tener un accidente con un auto, pero el auto no va a dejar de existir. Entonces, bueno, hagamos algo con eso y tratemos de ayudar. Tiene que ver con eso, más allá de que es un negocio también y tiene que ser rentable”.

Urban Luxury se define como una marca de moda sustentable. “Es un conjunto entre marca premium y moda circular, tecnología y lo que tiene que ver con reducir los desechos”, explica Pagnutti, que hasta 2019 era propietario de algunos locales de ropa multimarca.

El nuevo modelo, describe, “trata de replantear el sistema capitalista que tiene que ver con el fast fashion”. No solo en términos de los cambios constantes de tendencia sino de la forma de producir de “las grandes tiendas internacionales que tienen bajos precios y vos sabés que capaz que tenés tres o cuatro posturas (usos) y se te hizo pilling (pelotitas) y te tenés que comprar otra cosa”.

“En los últimos 15 años la gente está poniéndose la ropa repetidamente mucho menos que otras décadas. Y eso tiene que ver con algo muy occidental de desechar para poder volver a comprar. Bueno, acá se trata de reutilizar, porque nos estamos dando cuenta como sociedad de que nuestro recurso planetario es finito”, sigue.

Para hacer un jean se usan 10.000 litros de agua. Para producir una remera de algodón unos 1.000 litros, lo que consume una persona en casi tres años. Mientras transcurre la charla, en el local de Belgrano no paran de llegar clientes, hombres y mujeres, y de todas las edades.

“Creo que está en muy buen precio”, dice Gabriela de Pilar (32), mientras se prueba un sweater blanco con apliques negros por $ 1.300. Hace varios meses que pasa con frecuencia a “chusmear”. “Lo que dejan está en buen estado, es lindo, es moderno y hay mucha diferencia con primeras marcas en precio”, cuenta.

"Sí, también”, dirá cuando Clarín pregunte si el cuidado del ambiente le parece importante: “Ayuda a no consumir tanto de lo nuevo y a poder traer cosas que ya no estás usando para que circule todo”.

A unos metros, Sebastián Trejo (35) cuenta que es la primera vez que va al local. “Estoy buscando un jean porque estoy todo el día arriba de la moto. Este gris va joya. Está $ 2.700. ¿De qué marca es? No sé. A ver… Gap. Te digo la verdad, yo me fijé la calidad y está bueno. Yo compro así. ¿Por esa plata qué te comprás? ¿Un Levis está a cuánto? ¿10 lucas?”, se responde, avezado.

Los precios a los que se cotiza la ropa usada que llevan las personas son determinados por un sistema informático en el que “la subjetividad queda a un lado”, explica Pagnutti. Quienes reciben la ropa van cargando datos en un sistema, que determina un valor en función de atributos estadísticos, como tendencias, rankings mundiales de marcas, colores, talles y el estado de la prenda.

“Es una de las grandes diferencias con una americana, eso también. Invertimos en un software inteligente que se va retroalimentando también en función de qué es lo que más se mueve en el local”.

Las ferias americanas tienen, en cambio, “la particularidad de que son comercios que la mayoría de las veces están emprendidos por un dueño que aplica su criterio para la selección. Y eso no es escalable, porque es muy difícil después transmitirle a un empleado los criterios que uno tiene para la toma de ropa. Acá en cambio, no hay diferencias de criterios”.

Urban Luxury, a diferencia de los otros locales, solo admite ropa con etiqueta de primeras marcas. “Entendemos que algunas prendas tienen estándares de calidad muy altos que hacen que la rueda siga girando mucho más rápido. Hay prendas que son para toda la vida y la idea es que si la persona cuida la prenda la pueda volver a traer al local”.

Todo lo que no se toma para la venta, puede donarse a distintas fundaciones y proyectos con los que trabaja el local. “En estos últimos meses, trabajamos con All Boys, que la verdad es que es fantástico lo que hacen, porque llega a un montón de provincias, barrios, provincias, escuelas y tenemos una política de transparencia para que los donantes vean a dónde llegó su ropa”, cuenta el fundador de la marca.

¿Cuánto saco y cuánto compro?

Diego Fink (38) llega a Palermo con una valija cargada. Hace dos semanas comenzó a revender ropa de amigos y conocidos como “rebusque para hacer un peso”. Tiene otro trabajo, de administrativo en una empresa de eventos, pero con la pandemia el sector quedó golpeado. “Así que, en el tiempo libre hago esto”, agrega.

“La ropa usada quizás antes la regalabas y ahora la juntás y hay cosas muy buenas a las que les podés sacar plata. En cada local, hacen una selección y lo que les sirve me lo toman. Vengo prácticamente todos los días, ando con una valija grande llena con 40 o 50 prendas”, cuenta a este diario.

Cocoliche es el segundo second hand de ropa moderna que visita. Antes estuvo en Galpón de Ropa. “A Urban Luxury no voy porque solo toman ropa de marca. Me queda Búnker (otro local de ropa usada moderna en Palermo) y, ahí sí, con lo que no me toman en ninguno de estos lugares, voy a Berazategui, que hay una feria americana más chica”, explica.

Los precios por supuesto varían según el local y la marca de las prendas, pero por ejemplo se pueden conseguir una musculosa y un short de mujer desde $ 1.000 y $ 2.000 respectivamente, o jean de hombre desde $ 2.000 y una camisa desde $ 1.500.

Soledad Bianucci (41) revisa el perchero de ropa infantil y cuenta que hace 3 o 4 años que empezó a ir a Cocoliche. Pasa una vez por semana, “como si fuera un hobby” y se fija qué puede encontrar.

“Yo compro en ferias americanas desde que era chica, pero tienen un estilo más vintage de los 70 o los 80. Ahora esta nueva opción, que arrancó un poco con Juan Pérez (NdR: otro local donde se consiguen usados modernos), está buenísima. Acá, es ropa como de marcas de shopping con muy poca utilización de la que la gente se desprendió y puso a circular. Entonces, te conviene por el precio”, explica.

En su caso, es “más de comprar que de vender” y lo que más le gusta es “la posibilidad de encontrar una pieza única”. Es más una experiencia: “Es como una intención, ¿no? Como encontrar esa prenda y que esa prenda también te encuentre a vos. La energía del lugar está buena, la música. Y lo hago para mí, pero también les compro ropa a mi hijo y a mi novio”.

Brenda Andersen fundó Cocoliche en 2013 junto a una amiga, Constanza Dardars, luego de un viaje juntas de mochileras por América Latina. “Llevábamos una mochila muy chica cada una e intercambiábamos la ropa entre nosotras. Eso nos dio una sensación de liviandad que nos hacía bien. Al volver, yo tenía mucha ropa en el placard y quisimos hacer una feria. Así empezó todo con eventos itinerantes”.

Fundaron un local en Palermo y otro en La Plata, donde abrieron el primer Cocoliche en 2015. A partir de ahí, fue creciendo a pasos bastante acelerados. “Nos dimos cuenta de que al tener hábitos de consumo más responsables, se extendía la vida útil de las prendas haciendo que se fabrique menos y generando un impacto en el medio ambiente, pero también apostamos por la creatividad”, afirma.

“Esto del second hand es una tendencia en todo el mundo, aunque acá siempre tiene que ver más con una cuestión de mayor igualdad social. Pero además de ser barato, consumir ropa de segunda mano es un hábito de consumo sostenible. Y la moda sostenible es la moda del futuro. No podemos seguir consumiendo como hasta ahora”, alerta.

En su opinión, el boom en Buenos Aires también tiene que ver con que “hay una tendencia a vestirse de forma más original”. “Acá uno elige lo que quiere. Es más divertido y original que guiarse por la colección que exhibe una única marca. Y eso abarca a más personas y sus gustos. A mí me da mucho orgullo dedicarme a esto. Tiene la arista ecológica y la creativa, de salir a romper lo que se propone de cómo hay que vestirse”.

Todos los locales tienen en común que ofrecen el servicio de compra y venta –en consignación, pago inmediato o por crédito- en plataformas digitales, como Renová tu vestidor, que es una de las más conocidas.

​En Estados Unidos, este tipo de negocio online creció 21 veces más que los tradicionales y en 2020, la pandemia aceleró más el proceso, según Forbes. Se espera que la tendencia se acreciente y es probable que el usado empiece a tener más lugar en el placard de los porteños y bonaerenses en los próximos años.

AS

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