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Por, sdfasd 26/02/2022

‘El ocaso de los dioses’ concluye el ‘Anillo’ ecologista de Robert Carsen en el Real

Ópera

El director escénico canadiense lamenta que la situación del planeta haga más relevante el montaje hoy que hace 20 años

Justo Barranco

Madrid

“Wagner planteaba en el ciclo del Anillo del Nibelungo una metáfora para criticar la revolución industrial del siglo XIX. Lo que resulta inquietante es que esa metáfora se ha convertido hoy en literal", apunta Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, en la presentación de la ópera El ocaso de los dioses, que cierra desde esta noche en el coliseo lírico madrileño la gran tetralogía wagneriana que han programado durante las últimas temporadas. Y la cierra con nada menos que nueve funciones que contarán con la escenografía que Robert Carsen ideó en el año 2000 para la ópera de Colonia y que parte justamente de la idea de catástrofe ecológica, de destrucción y posibilidad de renovación, que apunta el ciclo, en el que, subraya Carsen, “el hombre no ha escuchado los avisos de Erda, la diosa de la naturaleza de la pieza, y lo ha destruido todo”.

“Desafortunadamente –añade el canadiense– el montaje se ha convertido aún en más relevante que hace veinte años. Entonces no hubiera creído que pudiéramos estar en esta posición mucho peor que la de entonces”. Y recuerda una anécdota que acerca su puesta en escena a la profecía. “El año que montamos El ocaso de los dioses en Colonia vivimos un verano tremendo que secó el Rin. Y los diarios pusieron juntas en primera página fotografías del río Rin de nuestra producción, lleno de basura, junto a imágenes reales del fondo del río”.

“En la pieza el hombre no ha escuchado los avisos de Erda, la diosa de la naturaleza, y lo ha destruido todo”

“Preferiría que hoy este Anillo no fuera ya relevante y las cosas estuvieran mejor, pero no es así. Y el mensaje de Wagner está ahí: destruimos, llega el fin de los dioses y eso implica que algo nuevo debe venir. Desde el inicio del Anillo vemos que lo que Wotan intenta construir, el palacio, lo hace de manera desastrosa, todo su constructo está pasado de moda. Miente, engaña y hace lo que quiere porque se ve en una posición de privilegio. Pero el sistema se ha acabado. Y tras la destrucción, el final de El ocaso de los dioses abre la oportunidad de un nuevo comienzo, es un mensaje importante al que debemos escuchar”.

Pablo Heras-Casado concluye la dirección musical del ciclo frente a una colosal formación orquestal, 115 músicos para esta obra repleta de dioses y héroes y que ocuparán, además del foso, ocho palcos a ambos lados del escenario para poder mantener la distancia de seguridad. “El ciclo del Anillo es el proyecto más importante de mi vida, de mi carrera, por lo que supone en sí mismo y por cómo lo hemos llevado a cabo durante la pandemia. La orquesta ya antes del proyecto estaba en condiciones maravillosas pero ha ido desarrollándose como hemos hecho todos con el proyecto, nos hemos permitido ir madurando y creciendo en este camino tan intenso”.

Protagonizada por Andreas Schager, Ricarda Merbeth, Lauri Vasar, Martin Winkler o Stephen Milling, Heras-Casado subraya que haber podido repetir con los cantantes en el ciclo hace que “en la ópera más compleja que pueda uno imaginar en el repertorio nos reencontramos pese a la pandemia con cierta familiaridad y un lenguaje común a la hora de afrontar este reto”. “Es una ópera en la que cada producción es casi una utopía realizada y en la que los músicos esta vez, con la distancia que los separa, además han de realizar un esfuerzo enorme para oírse entre sí y regular balances”, concluye.

Una orquesta que actúa casi como un coro griego en esta pieza con estructura de tragedia clásica que fue, pese a cerrar el ciclo, la primera que Wagner compuso de las cuatro. Y que se estrenó en el Real en 1903 en medio de una situación delirante: con cinco horas de duración, para no incumplir la normativa de que los espectáculos acabaran a las doce y media de la noche como máximo, so pena de multa de 500 pesetas, se adelantó una hora y cuarto el inicio de la función. Pero como no era suficiente se realizaron en la partitura tal cantidad de cortes que el rol de Alberich desapareció, lo que despertó la ira de muchos wagnerianos que calificaron la decisión de “profanación”.

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